Docencia y Violencia
Vivimos momentos difíciles. La prensa nos dispara cada día con hechos de violencia cuyos protagonistas son jóvenes e incluso niños. Más aún, cuando estos se protagonizan en un establecimiento educacional o a la salida del mismo. No me referiré ahora al rol de la prensa hoy. Creo que ella también sufre una desorientación radical que la hace resaltar lo malo, por sobre lo bueno o virtuoso.
Tampoco me referiré al papel, fundamental, de los padres, de la familia. Creo, no obstante, que en ellos está la raíz del problema.
Sí quiero referirme a la organización escolar, conformada por directivos, docentes, asistentes de la educación y auxiliares de servicio.
La Educación Municipal está en una profunda crisis. Pero no sólo en el aspecto económico. Sino, principalmente, en el recurso humano. En efecto, quienes laboramos en este tipo de unidad educativa, progresivamente, hemos ido desentendiéndonos de nuestro principal rol: formar.
En los últimos años, hemos ido enredándonos en reivindicaciones puramente económicas. Hemos aceptado, con el silencio, el manejo político partidista de la educación. Hemos pretendido que nuestra labor debe estar exenta de problemas, conflictos y de responsabilidad con los alumnos. Hay una suerte de hábito ya de traspasar la propia responsabilidad a otros y evitar así la "culpabilidad" del estado de cosas.
Esta postura ha hecho que nuestro actuar (o no actuar) sea el boomerang que, tarde o temprano, lleve a la educación municipal al desfiladero y, por ende, a la pérdida de nuestra fuente de trabajo. Trágica paradoja, pero quienes dirigimos este tipo de organización vemos con pavor cómo el personal acrecienta en el día a día la crisis que sufre la educación. Anclados en un pasado remoto de gestión, esperan -inútilmente- que el directivo, imbuido de una halo paternalista, solucione todos sus problemas, les limpie el camino de guijarros que puedan afectar su inercia. Hay un pasivismo extremo. El Derecho hace su reino hoy en la organización escolar. Don Deber, no existe.
Este marco, obviamente, propicia el estado actual de la educación. Falta la chispa de la creatividad, el "ponerse la camiseta" -o tener una real vocación-, trabajar en equipo y actuar profesionalmente. Sin eso, será muy difícil sacar a la educación del empantamiento en que se encuentra.
Urge asumir los problemas con la acción necesaria para transformarlos en oportunidades para crecer. No más echarle la culpa al empedrado. Eso no sirve. Falta una actitud proactiva, empapada en un optimismo que nos mueva al logro de los objetivos que duermen en el PEI.
Mientras no haya Unidad de todos los integrantes de la comunidad educativa para cambiar la fisonomía institucional, nada bueno pasará. Es hora de remecer nuestras conciencias y asumir al ciento por ciento la responsabilidad que la comunidad nos ha encomendado. Es decir, ser profesionales en el profundo sentido del término. Eso genera el respeto y la cacareada "dignidad" que hemos supuesto cae del cielo.

