Hay que innovar
Asistimos hoy a un escenario que puede constituirse en la oportunidad para que la Educación chilena dé el gran salto hacia la modernidad. En efecto, el esperado cuestionamiento a los fundamentos mismos de un sistema escolar paralítico, falto de creatividad, anclado a esquemas obsoletos de gestión, es la crisis necesaria para proponer nuevos y variados caminos para dar a todo el proceso educacional un nuevo aire.
Y este cambio debe ser activado por los equipos directivos de cada establecimiento educacional, a la luz de su Proyecto Educativo Institucional. Y lo primero, para ello, es asumir la necesidad de un cambio de mentalidad.
El sistema verticalista de gestión, tan usual en nuestras unidades educativas, le ha hecho un inmenso mal a la educaión chilena. Una gestión asentada en el poder que da un cargo. Un concepto de liderazgo que basa su razón de ser en la manipulación de los subordinados y en la que estos pierden todo grado de autonomía en el pensar y en el hacer. Un control férreo de las personas que les transforma en simples engranajes de una gran maquinaria y en la que sólo el directivo tiene el poder de conducir y orientar.
En un sistema así, la información y el conocimiento son privativos del grupo de directivos. El resto sólo ejecuta lo que se le mande y con límites milimétricamente establecidos. Se piensa que, en la medida que esta información o conocimiento permanece dentro de ese círculo cerrado, se salvaguarda el poder, la autoridad.
El siglo XXI, por el contrario, se autoerige como la era del conocimiento. Conocimiento que debe ser compartido por todos y llegar a todos ya que cada persona puede contribuir creativamente a su mejor uso.
Ahora el liderazgo es vario y no es privativo de ciertas personas con un halo mágico. Hoy, el liderazgo está en todos los rincones de la organización y es responsabilidad del directivo, descubrir, promover y estimular estos liderazgos emergentes. Estos liderazgos varios son la base de los verdaderos equipos en los que se complementan y activan los diversos aportes para la resolución de problemas y para la generación de ideas novedosas.
Pero para que esto se dé, es necesario reemplazar ese tipo de gestión basada en la coerción y dar paso a una gestión en la que el equivocarse no sea un pecado, sino una oportunidad para aprender y crecer.
Se necesita, en última instancia, una gestión que ponga en el primer plano el recurso humano.
Es necesario confiar en la gente, fomentar su autogestión, estimularla para que aporte ideas que optimicen la gestión institucional. Se habla mucho de "ponerse la camiseta"; pero ¿cómo puede darse este compromiso si de paso coartamos toda posibilidad de aporte de las personas al bien común?
El horizonte está plagado de problemas y esta nueva gestión debe tener la inteligencia suficiente para transformarlos en oportunidades en las que todos tienen algo que aportar.

