EL CARGO NO HACE AL LÍDER
Uno de los resabios más persistente en las unidades educativas de nuestro país es el directivo-docente que está convencido que su cargo le da un liderazgo espontáneo, como valor agregado. Una suerte de liderazgo "por la fuerza".
Quienes pintamos canas en esto de la educación nos hemos encontrado muchas veces con este especimen. Suele ser un hombre o una mujer que basa su poder en el temor que generan en sus subordinados. Gusta de la pleitesía, de la alabanza huera. Quieren y exigen ser el centro de todo el quehacer institucional. Deben saber todo lo que pasa en la organización, obligan a sus asesores a que le entreguen toda la información de lo que pasa o está por pasar. Sin embargo, guardan celosamente información que consideran privativa de la dirección y suponen que con esto pueden mantener el poder.
Para ellos o ellas, todo gira en torno al poder. Reciben con una inusitada alegría todo aquello que contribuya a acrecentar su "autoridad"; sin embargo, reaccionan violentamente contra aquellos que, de una u otra forma, ponen en peligro dicho poder. En este plano, desaparecen todos los valores y las "buenas maneras": simplemente aplastan al supuesto enemigo con crueldad. Son Católicos, Judíos o Evangélicos, da lo mismo. Cuando hay que proteger el poder, son capaces de cualquier cosa.
Bajo ellos, no es posible crecimiento humano alguno. Las personas son simples engranajes que permiten mover la máquina. Por ende, no deben pensar: sólo trabajar.
En general, muestran una especie de personalidad bipolar ya que en ocasiones pueden ser muy "humanos", alegres y amistosos. Pero ¡cuidado!, en cualquier momento sufren un vuelco que los transforma en verdaderos ogros y explotadores. Al respecto, creo que aquella clásica obra de Bertolt Brecht, "Herr Puntila y su sirviente Matti", nos entrega una imagen exacta de este tipo de personaje ambivalente y, por ello, muy peligroso.
He escuchado a más de un directivo-docente afirmar, con una convicción absoluta, que él se considera líder sólo por el hecho de haber asumido ese cargo. Lamentablemente, muchas veces son personas rechazadas por sus subordinados y, tal como afirma Cervantes en El Quijote, estos practican aquello de "bajo mi manto, al rey mato": pleitesía externa solamente.
Estos personajes hoy hacen mucho mal a la educación ya que su gestión coarta todo tipo de generación de conocimiento. No comparten información alguna lo que impide que el personal "se ponga la camiseta". Por el contrario, promueven al "funcionario", quien cumple su horario y hace estrictamente lo que se le manda.
Es un anti-líder, porque no genera simpatía dentro de la organización y, por ende, "realmente" no le siguen. Agréguese a ello el nulo interés por el recurso humano lo que impide toda posibilidad de formar equipo.
Es absolutamente incapaz de generar el potenciamiento del capital humano. Bien intangible que hoy suele ser el protagonista en la organización innovadora.
Quienes deseamos que nuestra educación propenda a la calidad que permita sacarla del empantamiento en que se halla, esperamos que estos especímenes se extingan rápidamente. Sólo entonces surgirán los líderes en la organización educacional: en plural y a todo nivel.


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